El agua calma, cristalina y limpia, contiene con calidez los cuerpos de Sara (Juliette Binoche) y Jean (Vincent Lindon), quienes además de besarse con pasión, nunca se sueltan la mano. Las vacaciones son idílicas, y ellos parecen ser la pareja perfecta. Una perfección que pronto se comenzará a derrumbar, ni bien regresen a su departamento parisino. Como es característico en Claire Denis, no estamos ante una historia complaciente y tranquilizadora, y esto es precisamente lo que hace que su cine sea apasionante.

Jean y Sara viven juntos desde hace varios años. Cuando se conocieron, Sara era pareja de François, uno de los mejores amigos de Jean. Las vueltas de la vida hacen que François ahora le ofrezca trabajo a Jean. Un Jean que estuvo un tiempo en prisión y ahora debe lidiar con un hijo adolescente. Un Jean que acepta la propuesta porque le apasiona y porque debe reconstruir su vida, a su cincuenta y tantos.

Pero la aparición de François moviliza intensamente a Sara, al punto de plantearse si el amor entre ambos sigue intacto. Es así que se desencadena una turba de emociones incontrolable. Estamos ante una historia de amor, pero de esas que incomodan tanto a los protagonistas como al propio espectador. Hay mucho en juego y nadie quiere perder, o quizá el temor a la soledad de esos seres frágiles e inestables, hace que los impulsos inconscientes se verbalicen, salgan a la luz.

Un trio de amantes con una dinámica en la que la pasión, los celos y sobre todo la ansiedad denotada en los primeros planos de esos rostros angustiados, nos trasladan a una narración algo imprecisa y recurrente. Una narración que bajo su forma manifiesta los sentimientos caóticos de los protagonistas, y que retrata una humanidad pocas veces vista. Amar a veces duele. Claire Denis levanta el dedo anular y le dice fuck you a los finales felices y a las buenas costumbres.

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Por María Paula Rios
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