Desde el momento que supimos que Jordan Peele estaba detrás de la producción y el guion de esta especie de secuela espiritual de la Candyman de Bernard Rose, era de prever que la resignificación del mito no se iba a limitar al aspecto gore. Después de ¡Huye! y Nosotros, sabemos que la crítica social va asomar sea de manera implícita o explicita. Sumada aquí la mano de su directora, Nia DaCosta, que además de coincidir con indagar sobre la violencia policial y racial, añade el arte como catalizador de fenómenos culturales (identitarios) de masa.

Situados en el 2019, en Cabrini Green, el mismo vecindario donde comenzó la leyenda del hombre garfio, ahora nos encontramos con un suburbio con hermosos departamentos habitados por jóvenes promesas que desconocen su oscuro pasado, como Brianna Cartwright (Teyonah Parris) y su pareja el pintor Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II), quién está atravesando una crisis creativa. En una reunión, después de escuchar una historia del lugar sobre una mujer que enloqueció por investigar la leyenda del hombre avispa, Anthony se involucra con la misma y decide inquirir a fondo, más allá de una atracción inconsciente, con la excusa de tener un buen tema para su nueva exposición.

A partir de aquí comienza la pesadilla, comienza una etapa en la que el mito y lo real se combinan poniendo en duda la racionalidad de los actos que ocurren, y hasta nuestro propio juicio. Todo va en declive, se oscurece, Candyman vuelve materializarse a través de las inocentes invocaciones, a través de la necesidad de exorcizar años y años de abusos e injusticias; a través de la propia carne, adquiriendo diferentes simbolismos, pero perpetuándose. Una historia que se irá reconstruyendo con la sangre del presente y el pasado.

Nia DaCosta, da un paso más allá para reinterpretar este relato teniendo en cuenta no solo el género y el timing de la historia, ni hablar de las precisas y simétricas locaciones, así como una música que se amalgama al espíritu colectivo de esta leyenda que trasciende su propio estatus; también para incorporar como concepto (o como raíz) la forma y el contenido del arte, reflejando esos elementos culturales con los que se identifica una sociedad. El carácter social del arte, aquel en que el hombre puede adquirir concepciones que le permiten forjar un lugar de pertenencia.

Sumergidos en un ambiente casi onírico donde la verdad y el dolor se elevan porque es imposible el olvido, aparecen también marionetas hechas de cartón y sombras chinescas para contarnos con simpleza sucesos aberrantes que no se pueden simplemente callar; por el contrario, toman más fuerza que nunca a través de una herida abierta que tardará mucho, mucho tiempo en cicatrizar. Y aquí es donde la directora también manifiesta sus rasgos, su identidad. En su forma de narrar, de insinuar con un fuera de campo potente y exquisito; en su forma de dotar al género con una mirada diferente, dramática y también comprometida.

 

Por María Paula Ríos.
paula@admitone.fun

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