Después de tanto hype, finalmente llego a nuestros cines la nueva versión de Duna, una adaptación de la popular novela de ciencia ficción de Frank Herbert. ¿Y quién mejor que Denis Villeneuve para llevar a cabo tal hazaña cinematográfica? Tras la última transposición de Blade Runner, este chico no le teme a nada. No le teme a la construcción de un universo solemne y épico donde las cuestiones existenciales de la humanidad, se representan a través del periplo de un héroe.

En esta primera entrega (si señores, son dos partes), el realizador quiere que el espectador conozca este mundo nuevo, para quienes no leyeron las novelas. Un mundo de lo más complejo que se sitúa en un futuro lejano, conformado por un imperio galáctico de estructura feudal, controlado por familias nobles (Las Grandes Casas). Es así que la familia Atreides, Leto (Oscar Isaac), Lady Jessica (Rebecca Ferguson) y el hijo de ambos, Paul Atreides (Timothée Chalamet), es designada por el emperador para controlar Arrakis, el planeta del desierto.

Resulta que allí hay grandes cantidades de “especia”, la materia prima más preciada del universo, ya que funciona como combustible para realizar los viajes interespaciales, y también es una droga capaz de ampliar la conciencia y alargar la vida. La familia llega al nuevo planeta con cautela, perciben algo raro, y en consecuencia se verán envueltos en una enredada trama de traiciones, engaños y muertes (si a lo Shakespeare); por lo que Jessica y su hijo serán desterrados al desierto propiamente dicho, lugar habitado por los Fremen, una estirpe de habitantes con capacidades extremas de supervivencia.

Una cinta imponente, formalmente hablando; con escenarios majestuosos, sin dudas para apreciar en una sala de cine. A pesar de la trama intricada, Villeneuve se las arreglas para involucrarnos en este universo de manera racional. Y si bien por momentos nos sobrepasa tanta información recibida, la belleza de las imágenes y el tono sombrío de la historia ayuda a sosegar la sobredosis.

El relato ya es harto conocido, por más que se involucre una coralidad de vínculos, problemáticas y situaciones. Hablamos del camino del héroe, que bien supo postular el filósofo Joseph Campbell; cómo muestro chico de mirada melancólica sale de su caparazón de cristal, se hace fuerte y enfrenta las vicisitudes que le ofrece el universo para (tras el periplo), regresar cambiado y fortalecido. Una de las decisiones más inteligentes de Duna, es la elección de los personajes principales. Madre e hijo, ambos inseguros ante tanta nebulosa política y personal; Paul sin demasiadas ganas de asumir responsabilidades, y Jessica abrumada.

Aparentan ser demasiado frágiles (también físicamente hablando), y a pesar de todo resurgen de las profundidades de la arena tal ave fénix; a medida que avanzan, sacan a relucir sus dotes y virtudes para enfrentar el momento más difícil y doloroso de sus vidas. Este contraste es atractivo y bien planteado. Sí, la película se toma demasiado en serio, pero esto no resta interés a este universo fundado entre armaduras, gusanos de arena, guerreros y naves espaciales.

Por María Paula Rios.
paula@admitone.fun

 

 

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