Hawái, años 20´, una hacienda cafetera, la población japonesa que ha emigrado a la isla para trabajar sus tierras. Un lugar no ajeno a la discriminación, sobre todo con personas que son fruto de una relación interracial. En este contexto Jo, un pequeño que ha vivido oculto en la montaña debido a su condición mestiza, pierde a su único sostén, a su mamá, víctima de los resabios que ha dejado en el mundo la gripe española.

Su madre ha querido protegerlo de los prejuicios de una población poco tolerante y supersticiosa. Jo, al quedar solito, queda rondado sin rumbo. Nadie lo conoce, todos los rechazan. Hasta que llega a la isla Doc (Matt Dillon), un médico de la ciudad. Rápidamente asume su rol, lo conoce a Jo y lo adopta como un hijo, mientras se ocupa de las enfermedades de los trabajadores del cafetal. Una hacienda comandada por el señor Danielson, quien ha perdido a su esposa por el virus, y ha quedado con su bella hijita, Grace, a cargo.

Tenemos un salto temporal de diez años, y nos encontramos con un Jo ya aceptado en la comunidad, con grandes conocimientos de medicina; con un Doc que lo quiere adoptar para darle estatus legal, aunque sea una misión difícil por las “leyes de integridad racial”; con un romance que parece ir en contra de todo pronóstico, el de Jo y la joven Grace; y con la llegada de un nuevo, presumido y mentiroso doctor a la isla, Reyes (Jim Caviezel).

No hace falta enfatizar que es un verdadero melodrama donde hay una coralidad de personajes, todos interactúan, y la acción esta siempre latente para prolongar ese efecto dramático. Y en El Joven Doctor todos los tópicos del género están presentes: ilegitimidad, lucha de clases, racismo… injusticias del mundo elevadas en potencia. Un culebrón que también podría haber sido una miniserie por la extensión y por como transcurren los hechos.

Con una narración errática y difusa, a pesar de no perder ritmo, las situaciones se evaporan entre la niebla de los volcanes. Los personajes se desdibujan porque no llegamos a conocer a ninguno en profundidad, lo mismo pasa al momento de abordar determinados temas. Lo cual es una dificultad a la hora de generar empatía porque nos sentimos ajenos.

O sea, no se ahonda en la noble relación padre e hijo, la llegada del nuevo doctor es forzada y dantesca, y lo peor de todo es la (no) historia de amor entre Jo y la joven Grace, que a pesar de mostrarse rebelde, siempre termina acatando las órdenes de su dictatorial padre. El trazo grueso excede, así como una estética y espíritu televisivo. Los besos no emocionan, los abrazos no llenan, la música empalaga, dejando solo la belleza de un paisaje insustancial.

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Por María Paula Ríos
paula@admitone.fun

 

 

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