Precuela de la película que data de 2009, aquí Esther, la pobre huerfanita, vuelve a sus andanzas. En esa época, nuestra niña (Isabelle Fuhrman), era adoptada por una familia tipo y a medida que se sucedían hechos macabros, en determinado momento acontecía una gran revelación con respecto a su edad.

Era en realidad una adulta siniestra con ambiciones personales que inmiscuían el enamoramiento y el dinero. Ahora la historia retoma los orígenes de Esther, cómo llegó esta mujer con enanismo a hacerse pasar por una niña. Cómo ideó su plan de escape a Estados Unidos. Resulta ser, que nuestra protagonista era paciente psiquiátrica en un centro de salud, en Estonia.

En una fuga escandalosa, Lena (su verdadero nombre), roba la identidad de Esther, una niña desaparecida, y retorna a América con su supuesta familia. El padre parece de lo más receptivo con este reencuentro, no obstante, la madre y el hermano están un tanto renuentes ante su inminente aparición. Hacia el final del film nos daremos cuenta porqué.

La Huérfana: El origen, tiene un inconveniente de entrada: el factor sorpresa ya está revelado, por lo que hay que estructurar algo muy sólido para completar este cuentito siniestro. Además de los efectos digitales que le aplican a Fuhrman (ahora 13 años mayor) para que siga pareciendo una nena. Realmente hay que hacer un esfuerzo para entrar en sintonía.

Por otra parte, la película tiene buenas intenciones cuando decide auto parodiarse, pero no siempre lo logra. Esta autoconciencia por momentos se licúa, y la historia vuelve a ponerse seria lindando con lo grotesco. Lo más destacable es el duelo de villanas (en esta secuela hay pocas víctimas), entre Tricia (Julia Stiles) y Esther; y la posibilidad que nos otorga el director de sentir empatía por una de las psicópatas más famosas del cine. Una narración con altibajos que no logra la efectividad deseada.

 

Por María Paula Ríos
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