La nueva película Pablo Larraín toma a un personaje histórico (y popular) como el de Lady Di (Kristen Stewart), para hacer una especie de manifiesto visual y emocional sobre la soledad y la incomprensión. Por supuesto en un contexto social especifico, como lo es la realeza británica, con costumbres enquistadas de un sistema monárquico en constante crisis.

La trama se centra en un fin de semana de Navidad, a principios de los años 90´, en la Casa de Windsor (Inglaterra); en donde vemos a una Diana Spencer a borde del colapso, dado que cae en cuenta que su matrimonio no va más (sabe del romance del príncipe Carlos con Camila de Cornualles​); además de asfixiarla ese modo de vida tan riguroso y estructurado, acompañado de una exposición pública abrumadora.

Así vaga por el castillo imponente, en donde no prenden la calefacción por cuestión de protocolo, evitando la balanza y el contacto con su familia política. Le duele mirar a los ojos a su marido, con quien no tiene relación, y añora su niñez… quiere volver a la casa hecha añicos que la vio crecer; sentir la calidez y el abrigo de esos momentos felices.

Los únicos instantes que es ella sin necesidad de escindirse en la “princesa”, es cuando está con sus hijos. Lo demás es todo apariencia, una apariencia que le pesa, que no está dispuesta a soportar. Su inestabilidad se refleja en cada pasillo, en cada ausencia a las comidas reales, al no ponerse en vestido indicado; en su bulimia, en la necesidad de sentirse amada, de sentirse libre. Larraín manifiesta con una precisión rigurosa, en cada plano, no solo la emocionalidad del personaje, sino también la vacuidad de un régimen perfectamente organizado.

Si bien al principio de la cinta alude a que es “una fábula”, también se podría describir como un preludio de lo que va a suceder. La pulsión de muerte esta presente todo el tiempo en esa Diana que solo es feliz cuando se pone la campera harapienta de su padre, o maneja sin custodia un auto, y come con sus hijos comida chatarra. Ya es tarde para ser una mujer “común”; tiene el peso en sus espaldas de ser Lady Di, aquella construcción social perfecta de un personaje que la gente ama.

Y justamente a la realeza no solo le molesta su conducta anti protocolar, sino también la imagen que ha construido, que las personas la hayan elevado a un mito casi viviente. Spencer es un cuento de hadas que lejos de mostrarnos un final feliz, por el contrario, tiene tintes pesadillezcos y expone casi de forma la literal sensaciones tan complejas como la angustia y la soledad.

Por María Paula Rios
paula@admitone.fun

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