Arte y Moda, dos lenguajes que se retroalimentan.

Los discursos acerca de la frivolidad de la moda forman parte de un conocimiento desactualizado. Hace algunos años, y con más intensidad en los últimos cinco, varios profesionales de áreas de las ciencias sociales comenzaron a ver en la moda un objeto de interés para visibilizar problemáticas relacionadas al arte, la cultura y la economía. Lejos de abordar la moda como mera industria del consumo, lograron ver en ella un poderoso sistema de re envíos de información interesante para entender un poco más acerca de las sociedades del pasado, pero también arrojar luz sobre la definición del funcionamiento de la contemporaneidad, una era (aún) difícil de conceptualizar.

En particular, una de las cuestiones que con frecuencia se suelen analizar en los textos especializados es la relación entre arte y moda. Dada la trayectoria de ambos, muchos hemos cometido el error (o la comodidad) de intentar establecer jerarquías poniendo al arte como fuente dadora de conocimiento y decir que la moda sólo se alimenta de éste en función de operaciones como la copia o la reapropiación. Sin pensar que la moda también puede ocupar ese lugar, por supuesto, desde otro punto de vista. Una vez superado el hábito de sentenciar superioridades, la salida es establecer diferencias y definir los límites de cada lenguaje y vincularlos de manera más saludable entendiendo que existe una caudalosa retroalimentación entre ellos.

En este contexto de intercambios creativos entre el lenguaje del arte y el de la moda es que comenzaron a darse duplas entre los directores creativos de las casas de lujo como Louis Vuitton, Prada y Gucci, y realizadores cinematográficos como Lucrecia Martel, Matteo Garrone y David Lynch, entre otros. Los resultados fueron atractivos fashion films que oficiaron de vanguardia de un nicho con mucho que decir, pero aún, con sectorizada visibilidad. Como herramienta de marketing son esenciales, pero como piezas de arte también, y es aquí donde el análisis cobra relevancia y es importante volver a recordar que no existen jerarquías sino intercambios de códigos.

Alessandro Michele, director creativo de Gucci desde 2015 es quien mejor supo entender esta relación y optimizarla hasta el punto de desafiar los límites de la imaginación en cada uno de sus desfiles y presentaciones, así como su última idea: la creación de Gucci Fest, un festival de fashion films totalmente online y gratuito que tiene como eje una estructura dividida en dos secciones. Por un lado, el episódico Overture of something that never ended protagonizado por la performer italiana Silvia Calderoni y un desfile de celebrities e influencers que van desde Harry Styles y Billie Eilish hasta los filósofos Paul B Preciado y Han Lu. Y por el otro, una sección de talentos emergentes, en la cual se pudieron ver trabajos de nuevos diseñadores dándose a conocer y expresando una nueva mirada de la moda: más periférica, sustentable e inclusiva.

Overture of something that never ended es el título de la serie episódica creada por Alessandro Michele y Gus van Sant en la que, a través de siete entregas consecutivas, del 16 al 22 de noviembre, se fueron estrenando fragmentos auto conclusivos con un flyer de estética dadaísta como hilo conductor. Así se plantearon las entregas en las que se pudo descubrir el universo secreto de Gucci y su mood a través de un desfile estilizado de sus sellos característicos: el revival de los años setenta y ese kitsch elegante que combina el lujo con el streetwear. Además del guiño a la ropa de deporte y su staff de modelos selectos en el que se pueden distinguir hombres y mujeres tanto de diferentes razas como culturas y formas.

En tanto la serie como fenómeno audiovisual cuenta con la perceptible mirada de la cámara de Gus van Sant y sus planos infinitos, así como un empeñado y seductor tiempo demorado de narración que dejan al descubierto detalles propios del género fashion film: los planos detalle de las prendas y accesorios que pasan a ser el centro del relato. A su vez, y como se mencionó con anterioridad, la presencia de un flyer tipo “cadáver exquisito” es el hilo conductor de esta historia que no hace más que retratar la cotidianidad de un grupo de jóvenes bohemios que básicamente no hacen nada. Desde que vemos a Silvia Calderoni levantarse a la mañana en lo que no podemos asegurar que sea su casa, la agenda de actividades que la llevan al café, al correo, a un ensayo de baile y a una tienda vintage, hasta el inesperado final nocturno que devela una sorpresa: ¿acaso todo lo que vimos hasta el momento es una ficción?

Con registro surrealista y guiños constantes al arte escultórico y la música del periodo clásico, la serie pone de manifiesto varias cuestiones relacionadas a la representación de la vida cotidiana en una extraña Roma habitada por seres que viven el Gucci Style, una especie de dolce far niente con sello de lujo. Mientras que la operación principal es la descripción, lo que se pone en escena mediante este recurso es la exposición de un modelo estilizado de vida en el que el tiempo se ocupa en lecturas de viejos textos, el lavado de pestañas y pelucas, el ensayo de música y la práctica de la técnica del dibujo desde una hamaca. Además, reivindica el mensaje a-gender que Gucci viene promoviendo desde algunas campañas atrás. Porque no importa el color, el género o la forma, el Gucci way of life pasa por otro lado, precisamente el vinculado al tiempo demorado del placer de hacer nada.

Gucci Fest además de ser una iniciativa novedosa en el entorno del consumo de fashion films, es un antecedente para el modo futuro de consumir moda. Más aún en tiempos como el actual en los que la pandemia modificó hábitos, usos y costumbres que no dejaron atrás, por supuesto, al negocio de la moda. Las pantallas son ahora la vidriera al mundo y el desafío es cómo seguir comunicando experiencia cuando la vía del contacto presencial está casi vedada. El arte audiovisual sigue siendo, en este caso una excelente opción. Porque si bien la publicidad ocupa ese rol, el fashion film como hijo de la misma, viene a ampliar sus posibilidades expresivas ofreciendo más que un producto para la venta, sino un estilo de vida, un modo de ser, en resumen, hacer llegar y expandir la voz de la marca, que ahora, más que nunca, necesita decir: aquí estoy.

Por Paula Caffaro.
paula.c@admitone.fun

 

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