“Miren los detalles, la posición de las piernas, el torso… las manos”, señala Marianne (Noémie Merlant) a sus alumnas de clase de pintura. Ella misma se ofrece como modelo vivo. De repente ve un cuadro oscuro, en el que se observa la figura de una mujer con su vestido en llamas. Este recuerdo abrirá paso a un flahsback, en el que veremos a la artista en una barca en medio del mar agitado mientras llega a una isla.

Así comienza esta historia, dirigida por Céline Sciamma, que nos lleva hasta la Bretaña francesa a finales del siglo XVIII, en el que nuestra pintora tiene como encargo el “retrato matrimonial” de Héloïse (Adèle Haenel), una joven recién salida del convento, que reniega de este casamiento arreglado por su madre con un marido que no conoce. En primera instancia Marianne deberá estudiar a la futura novia, dado que en ese retrato también debe captar su alma.

Lo que comienza como un trabajo de observación, cuando las chicas entran en contacto, gradualmente, se ira transformando en deseo, pasión, amor. Los sentimientos reprimidos no tardarán en volverse acto. Una mirada, besos robados… no es la época más oportuna para un romance entre mujeres, y ellas lo saben.

La directora de Tomboy (2011) con una exquisitez visual digna de un fresco romántico, narra sobre estos temas tabúes de la época, desde una perspectiva sumamente femenina. Se incluye el del aborto tratado con suma naturalidad y libre se prejuicios.; con una elegancia narrativa pocas veces vistas. O el hecho de que Marianne, inmersa en un contexto machista, deba firmar sus pinturas con el nombre de su padre. Estamos sin dudas ante una de las realizadoras más prometedoras de cine europeo.

Por María Paula Rios.
paula@admitone.fun

Esta nota fue publicada en Fandango Latam.

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